Cuento basado en la novela de
Miguel de Cervantes,
El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.
Texto dramático.
En la hermosa tierra del reino de Murcia, situamos nuestra escena. Un abuelo, antiguo maestro e indagador de historias, cuenta un secreto descubierto a raíz de un hallazgo misterioso. Este da lugar a conocer las aventuras y desventuras de unos personajes que nacen de la ficción y que conviven con otros reales cuyas historias se desarrollan en lugares de la Región existentes en la actualidad o en épocas anteriores. Sus aciertos, confusiones, discusiones, sabiduría, ideales, dichos y refranes, así como algún que otro desacierto, tropezón, mamporrazo o ridiculez, encontrados en sus diálogos van a ser el asunto de los actos que aquí se van a representar.
Así pues, si prestáis atento oído y ejercicio dais a vuestra ensoñación, disfrutaréis aprendiendo con esta teatral representación.
Intro – El misterio del Manco
Escena ambientada en una biblioteca cualquiera. Charla un viejo maestro con una niña de unos once años de edad, muy amiga de la lectura y escritura.
Paco: Te voy a contar algo que nadie conoce a pesar de que hace mucho tiempo que pudo ocurrir.
Se trata de un secreto que a lo largo del tiempo solo algunos hemos tenido la suerte de conocer y que nunca nos hemos atrevido a desvelar. ¿Te gustan las historias de damas, caballeros y caballos?
Daniela: Pues, claro.
Paco: ¿Y si te digo que se trata de un caballero que se llamó D. Alonso Quijano?

Daniela: Pues, que no tengo ni el gusto ni el disgusto de conocerlo.
Paco : Pero quizás sí has oído hablar de D. Quijote, que es como se le conoce.
Daniela: ¡Ah, claro! En el cole hice un trabajo para la celebración del día del Libro sobre este personaje y sus aventuras. Pero, ¿de qué misterio y secreto hablas? si es un libro que casi todo el mundo conoce.
Paco: Llevas razón, su título “El Ingenioso Caballero o Hidalgo D. Quijote de la Mancha”, además de ser la obra insigne de la literatura española y el máximo referente de la literatura universal es, al parecer, el libro más vendido de toda la historia después de la Biblia.
Daniela: Claro y cuenta las aventuras de un señor que perdió un poco la cabeza de tanto leer novelas de caballerías, creyéndose un caballero andante que iba por todos lados arreglando situaciones que solo existían en su imaginación. Igual que me puede pasar de tanto jugar a los videojuegos como el Warcraft o el Minecraft, como me dice mi abuela, y que no distinguiré la realidad de la ficción. Entonces, ¿dónde está el misterio?
Paco: Te cuento. Don Quijote vino a Murcia.
Daniela: ¿Qué dices? ¿Dónde lo has leído? ¿En la novela de Cervantes creo que no dice nada de esto?
Paco: Así es. En la edición que se imprimió a principios del siglo XVII no se cuenta nada de su presencia en Murcia.
Daniela: Y tú, ¿cómo lo sabes?
Paco: Te he hablado de un misterioso secreto. La novela de D. Quijote tuvo tanto éxito nada más ser publicada la primera parte, que pronto aparecieron algunas falsificaciones de la segunda parte, es decir un Quijote apócrifo.
Daniela: Claro, un D. Quijote “fake”.
Paco: Al parecer, D. Miguel de Cervantes Saavedra escritor de las aventuras de D. Quijote no incluyó en la edición impresa que hoy conocemos todas las aventuras y desventuras que él pudo escribir de su Caballero Andante. Y no incluyó algunos capítulos de lo que aconteció a D. Quijote por nuestras tierras.
Daniela: Insisto, ¿tú como lo sabes?
Paco: Te dije que es un secreto que ahora te voy a desvelar.
Daniela: (Susurrando) Vamos al secreto. Cuenta, cuenta.
Paco: Me contó un amigo cronista, que disfruta pasando los días entre archivo y archivo, que, al pie de la torre de la Catedral de Murcia, sobre la Sacristía, existe una sala donde está ubicado el archivo diocesano de la Catedral.
Allí investigando entre documentos y legajos encontró, no hace mucho, unos documentos manuscritos que debían proceder de la Catedral Vieja de Cartagena, que era la parroquia existente en Cartagena, y en la ermita anexa de los Alumbres Nuevos; cuando Miguel de Cervantes anduvo por ella, deseoso de que le fuese permitido embarcarse hacia Italia.
Catedral Vieja de Cartagena
Daniela: ¿Y quién escribe ese documento que tanto misterio ha generado?
Paco: El manuscrito puede ser atribuido a “El Manco de Lepanto”.
Daniela: Y ese “Manco”, ¿quién es?
Paco: Es, como también se conoce a don Miguel de Cervantes, ya que su mano izquierda quedó inutilizada al recibir el disparo de un arcabuz en la batalla naval de Lepanto en octubre de 1571, cuya victoria reforzó la hegemonía de España.
Daniela: ¿Tú has visto ese manuscrito? ¿Lo tiene tu amigo cronista? ¡Yo quiero verlo!
Paco: ¡Qué curiosa eres! Ten paciencia.
Daniela: ¿Cómo sabes qué pudo ser escrito por Cervantes?
Paco: Todo forma parte del misterio. Solo estoy autorizado a contarte que mi amigo, llegó a conocer al erudito cartagenero, llamado Antonio Puig , que en sus indagaciones encontró en dicho manuscrito un rayajo de tinta emborronado, al que nunca nadie dio importancia, por creer que era fruto de un garabato de tinta al escribir con pluma.

Al tiempo entendió que aquel rayajo no era sino una rúbrica coincidente con la firma del insigne escritor español y autor del universalmente conocido Don Quijote:

Daniela: O sea, que estás hablando ¿de un manuscrito que cuenta unas aventuras de D. Quijote que nadie ha leído nunca?
¡Yo alucino! Pero, ¿me lo vas a enseñar?
Paco: (Desenrollando un pergamino) Aquí está. Y te lo voy a leer.

Daniela: Sí, porfa. Soy toda oídos.
Capítulo I.- De D. Quijote postrado ante la cruz de Caravaca tras ser apaleado por unos pastores en un paraje de Murata tallea (Moratalla)
Narrador: Abandonaba D. Quijote los parajes manchegos siempre en busca de aventuras en las que llevar a cabo su misión como caballero andante, de dar protección a los que sufren y desfacer entuertos en favor de los más débiles; en lo que seguido por su escudero Sancho caminaban por la serranía moratallera, arribaron por tierras de Benízar y vislumbraron la fortaleza fronteriza que en otros tiempos se reconoció como Muratalla, por ser “la que está amurallada con palos”.
D. Quijote: Prestad atención, mi fiel escudero Sancho, agudizad la vista que por tierras de bandoleros y malhechores de reinos fronterizos caminando vamos y en cualquier recodo del camino, ellos atacarnos pudieran.
Sancho: Los ojos abiertos llevo, mi señor D. Quijote, pero bueno sería detenernos bajo aquella olivera o aquella carrasca y descansar solo un rato, que mi burro Rucio ya no da ni un paso.
Narrador: Al girar el camino, y de manera insospechada, el caballero intenta espolear a Rocinante y comienza a gritar alterado mientras levanta al cielo su lanza.
D. Quijote: ¡Ya te avisé, Sancho! Por allí viene ese ejército que polvaredas va levantando y que yo, combatir debo, por mi honor y por la protección del cielo, de esos los moros granaínos.
Sancho: Pero, ¿qué dice, mi señor?
D. Quijote: ¡Adelanteee, Rociinante, que con mi lanza en ristre detendremos a esos infieles!
Sancho: Pero de qué ejército habla vuesa merced , que solo veo en lontananza la polvareda que un rebaño de ovejas y cabras levanta al pasar por la vereda.
Narrador: Divisando los pastores a semejante personaje cabalgar amenazante hacia su rebaño, al paso le salieron con sus perros y garrotes. Y de un garrotazo, el jumento Rocinante al suelo cayó y de bruces el caballero andante en el suelo, descalabrado acabó.

Sancho: ¡Cabreros, pastores, deteneos, por Dios! Que mi señor, por confusión, mezcló churras con merinas y también las cabras con los de otra religión. Dejad que sus chichones yo cure con un poco de vinagre o alcohol de romero.
D. Quijote: ¡Con vuestra rendición tras la batalla y la paz firmada! Deseo que, en señal de conversión, a la Virgen os presentéis y arrepentidos me digáis a qué ermita o iglesia acudiréis a postraros a sus pies.
Pastor: (Dirigiéndose a Sancho) Pero, ¿qué dice este hombre? Que mi señor, D. Régulo Ciller, sí es cuerdo y no es de recibo que a su cortijo a tiempo no lleguemos por este duelo y que él barrunte que en la tardanza está el peligro.
Sancho: Disculpad, señores, el golpe le ha dejado aturdido y sin aliento. Seguidle la corriente y responded a su pregunta.
Pastor: ¡Ah!, de acuerdo, así haremos.
Señor caballero, con gratitud iremos a la ermita de la Virgen de la Rogativa que tras el milagro es donde los moratalleros le pedimos a la Virgen herida que ruegue a Dios por los que erramos.
Sancho: ¿Y cuál fue el milagro al que os referís?
Pastor: Aconteció en el año 1535 cuando el mozo pastor Ginés Martínez de Cuenca apacentaba a su rebaño y al caer la tarde le sorprendió una copiosa lluvia. Cuando a la mañana siguiente el joven se asomó al sembrado quedó impresionado al ver como la lluvia había transformado el sembrado y en medio del verde intenso de las espigas, emprendió el vuelo una preciosa paloma blanca que iluminando todo el campo se transformó en la imagen de la Virgen.
D. Quijote: Apresúrense a visitar a tan milagrosa Virgen, que yo por deberme a la orden de caballeros andantes, dirigirme debo al castillo fortaleza donde presentaré mis respetos ante la cruz en la que sufrió injusticia y escarnio el mismo Dios.
Pastor: Y usted, pase por la ermita del patrón de nuestra villa, Jesucristo Aparecido, que al igual que a Ruy Sánchez, el pastor labrador al que se le apareció en el siglo XV, a usted se le ha aparecido hoy y Jesucristo le ha librado de una buena y mayor tunda. ¡Vaya que si se le ha aparecido!

Narrador: Sancho recogió con presteza las alforjas e inició el camino con ligereza montado en su Rucio con el fin de que su señor D. Quijote le siguiera y se apartase cuanto antes de aquellos ganaderos. Llegando al riachuelo de Benamor, afluente del Alhárabe, se detuvieron a refrescar sus cabalgaduras, a llenar sus cantimploras de agua y a enjuagar las heridas del caballero.
D. Quijote: ¡Ay Sancho!, ¡cómo escuecen los golpes recibidos por esos malandrines!
Sancho: Descansemos a la sombra. Déjeme refrescarle y enjuagar sus heridas, señor Quijote.
D. Quijote: Poco puede hacer el agua en mis heridas y dolorido cuerpo, a no ser que fuera agua del cielo.
Sancho: Pues, pongámonos pronto en camino hacia Caravaca. Mirad, D. Quijote, un fraile se acerca por el camino, quizás conozca remedio o ungüento para sus males.
D. Quijote: No confundas, Sancho. Que quien por allí camina debe ser alta jerarquía eclesiástica al que los caballeros debemos respeto. Detente, Rocinante, para que yo descabalgue e hinque mi rodilla ante aquel señor obispo que, bajo palio, apoyado en báculo y cubierto con rica mitra, se aproxima.
Narrador: Por más que Sancho miraba y remiraba, lo único que veía por el camino era un pobre ”medio fraile”, pequeño, que cubierto con una capucha y apoyado en una caña, pasaba por debajo de una carrasca . De todos modos, pensó que podría ser de ayuda al dolorido D. Quijote que, ante el estupor del fraile, a sus pies se postró y cogiendo su mano la besó.
D. Quijote: Permita, vuesa excelencia, bendecir a este malogrado caballero, para que la gracia del cielo alivie mi sufrimiento.
Sancho: Hágalo, señor, por compasión.
Fray Juan: Yo de buen agrado lo haría, pero no merezco el trato de “excelencia”; apenas soy un fraile. Mi nombre es fray Juan de Yepes que por orden de la Madre Teresa de Jesús vengo a asistir a las monjas carmelitas en su primera reunión de Capítulo en el convento de Caravaca.
Sancho: Y si en ese convento del que habla encontrase remedio de jarabe o ungüento para mi señor, seguro que sería una buena obra de caridad.
D. Quijote: ¡A Caravaca, marcharemos!, escoltando y dando protección a vuesa excelencia, hasta llegar a ingresar en la muralla protegida por la cruz de Cristo.

Fray Juan: Entremos al convento, que en el refectorio encontraremos un buen remedio para sus penas y dolores. Un poco de licor hecho en el convento con melisa , que llamamos “Agua del Carmen”, y unas Yemas de Caravaca, darán ánimo y energía a su maltrecho cuerpo.
Sancho: Buenísimas. Y mano de santo son, que la pena y el hambre de mi panza ya han quitado.
Fray Juan: Aunque les aconsejo, para curar definitivamente sus males, recibir la bendición de la mismísima y milagrosa vera Cruz de Caravaca.

Sancho: Usted sí que es un verdadero santo. Que igual que Caravaca, de la Cruz recibe su nombre. El de usted, San Juan de la Cruz , también debiera ser.
“Aparición de la Cruz de Caravaca”. De Hernando de Llanos. Museo Arte Sacro de la Vera Cruz.
D. Quijote: Deseoso estoy de recibir las bendiciones de la santa Cruz para que conduzca nuestros pasos y proteja nuestra nueva encomienda.
Sancho: Y si usted, mi señor D. Quijote, tiene a bien decirme cuál será nuestra próxima misión, yo como fiel escudero, gustoso le serviría.

D. Quijote: Sancho, pues la de llegar hasta la amurallada Cartagena para liberar a los galeotes que, en las galeras reales que invernan en el mar de Mandarache, martirizan sus propias vidas.
Fray Juan: Al igual que la Cruz con la madera donde Cristo estuvo crucificado, abrió el camino del cristianismo en el Siglo XIII, al ser milagrosamente bajada por los ángeles para que el cura Chirinos pudiese celebrar una misa ante el rey moro en una sala noble del alcázar; seguro guiará vuestro camino.
Hermanos, andad con Dios, que quien en amor anda, ni cansa ni se cansa.
Capítulo III- De cuando Sancho Panza fue rebautizado en la capilla del Arrixaca la víspera del Corpus y de cómo urdió la manera de enriquecer su propia alforja.
Narrador: Arribó D. Quijote junto a su fiel escudero Sancho a la ciudad de Murcia entrando por las Puertas de Castilla, hoy barrio de San Antón.
D. Quijote: ¡Mira, Sancho, aquella bella torre que desde aquí divisamos!, será la torre que un día dedicaré a mi amada dama Dulcinea, por la que alcanzaré gloria en mis batallas. Y tú, gobernarás la ínsula que como recompensa yo te prometí y te tengo reservada.
Sancho: Señor D. Quijote, que, a mi parecer, aquella no es torre de palacio para su amada princesa, sino la de la Catedral de Murcia.
D. Quijote: Pues hasta allí iremos, amigo Sancho, y como hizo el emperador Carlos V una tarde del cinco de diciembre de 1541 , hasta su capilla real a rendir honores al corazón de rey Alfonso X, rey Sabio y hombre de fe, para que sabiduría nos infunda en nuestras futuras misiones caballerescas.
Sancho: Sí, y a ver si el rey D. Alfonso, con su sabiduría, le muestra el camino hacia la ínsula que a mí me tiene prometida.
D. Quijote: Ahora, resguardémonos en esa morera del insolente sol de esta tierra.
Fraile: Buen día, les conceda el Señor.
A mi entender, les aconsejaría que, al caminar por estas tierras, prescindan de armadura, que el metal con el calentor, hará que vuesa merced acabe “asao” como un “pastelico” de carne.
D. Quijote: Razón no le falta, hombre de Dios.
Sancho: Lo que sí nos falta es agua, para nosotros y para nuestros animales.
Fraile: Siguiendo este camino real de Castilla, tropezarán con la ermita y el hospital de la Cofradía de San Antón Abad, donde seguro encontrarán protección también para sus animales.
D. Quijote: Y un pozo de agua sana y fresca para estos defensores de la fe y la justicia, ¿dónde podremos encontrar?
Fraile: Síganme. Un pozo de agua, no solo sana y fresca, sino también santa y milagrosa, en un brocal del claustro de mi convento de Padres Agustinos, vuesas mercedes, encontrarán.
D. Quijote: Con presteza seguimos sus pasos, reverendo hermano.
Sancho: ¿Hacia dónde iremos, hombre de Dios?, que para muchas vueltas no estamos.
Fraile: Hasta el arrabal del Arrixaca, al convento de los agustinos, donde su sed y hambre podrán satisfacer.
D. Quijote: Hermano fraile, y a qué se debe que esa agua tenga consideración de santa y milagrosa.
Fraile: A que es el pozo en cuyo brocal apareció, según leyenda, la imagen medieval de la Virgen del Arrexaca, que erigida en patrona del Antiguo Reino de Murcia por el mismo rey Alfonso X, permanece en la ermita junto al convento, incluso desde antes de tiempos musulmanes.
Sancho: Gran razón. Nadie diga “desta” agua no beberé.
D. Quijote: Veo, fiel escudero Sancho Panza, gran número de mercaderes que, en sus cabalgaduras repletas de ricos telas de seda, a la ermita se acercan. Si mi Señora Santa María lo requiere, juro por el cielo que aún sin cabalgadura ni corcel, con mis armas defenderé a cuantos, al honor de la madre de Cristo, facer mal quieran.
Fraile: ¡Sosiéguese, hombre, y enfunde la espada! Que hombres de paz, son.
D. Quijote: ¿Y qué intenciones llevan?
Fraile: Son mercaderes, algunos extranjeros, que a la Virgen acuden a hacer sus ofrendas y oraciones, para obtener buenos negocios en la compra de las sedas y protección en sus viajes.
D. Quijote: El agua da la vida, amigo Sancho Panza.
Fraile: Sí, lleva usía razón; da la vida corporal y también la espiritual, en el bautismo.
D. Quijote: Y el bautismo ha de recibir mi fiel escudero, reverendo; que, al parecer, los distintos hechizos recibidos en nuestras tropelías su memoria ha mermado y desconoce si recibió o no, las aguas del bautismo. Y será este bautismo el que yo mismo, como caballero, apadrinaré.
Fraile: Entremos raudos a la capilla y ante Santa María del Arrixaca, su escudero recibirá el agua del bautismo que yo mismo sobre él derramaré.
Sancho: Pues, si es pa bien, que así se haga, reverendo señor fraile. Yo consiento.
Fraile: Yo te bautizo, Sancho Pencho, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Sancho: Amén. Pero su memoria le ha fallado y mi nombre ha errado. Yo por Sancho Panza soy llamado, señor reverendo.
Fraile: Hermano, el Espíritu ha soplado. El nombre de “Sancho” indica prudencia y adecuado es. Pero, … ¿el de “Panza”?
Sancho: Pues visible es, … si mi cintura usted mira.
Fraile: Más adecuado, Pencho es. Pencho aquí llamamos a Fulgencio, o también Flujencio, que es uno de los cuatro hermanos santos de Cartagena, gran teólogo, obispo y ha sido nombrado el patrón de Murcia. Así que, mejor es: Sancho Pencho.
D. Quijote: Sancho, es designio del cielo que Pencho te otorgue la sabiduría y fe que necesitarás para el gobierno de la ínsula que te voy a dar.
Sancho: Pues, Amén; que así sea. Y si una vez alimentada el alma, algo hubiera que reconfortara el cuerpo, aunque fuera un chusco de pan y queso murciano al vino, más cerca del cielo seguro dormiríamos.
Fraile: Cosas veredes, Sancho Pencho, todo sea por alcanzar tu santidad. Vayamos al refectorio del convento que el dicho monástico que reza “de la misa a la mesa”, es justo cumplamos.
Sancho: Y así se cumple el refrán: «Ni olla sin tocino, ni sermón sin agustino.»
Fraile: Cierto. Y mañana, al alba, a la catedral de Santa María iremos por ser el día del Corpus Christi, uno de los jueves del año que lucen más que el sol. A la procesión gloriosa de acción de gracias del Santísimo Sacramento, que discurre desde hace siglos intramuros de la capital del Segura.
Narrador: Al amanecer del día del Corpus, D. Quijote ordenó a Sancho Pencho, con voz imperativa:
D. Quijote: Aprovecha, Sancho, las primeras luces del alba y limpia, pule mi armadura para que su brillo cegador luzca en tan importante fiesta y dé testimonio de elegancia y gallardía propia de un afamado caballero andante, como es mi persona.
Narrador: Entraron en la muralla por la puerta de Vidrieros. La ciudad estaba engalanada.
En la Trapería y a lo largo del recorrido de la procesión se sucedían los suntuosos altares de las cofradías decorados con tapices y velones, así como las tarimas en las que compañías de cómicos representaban autos sacramentales. Precedían a la custodia del Santísimo, campanillas, carros triunfales, estandartes, danzantes, gigantes y tarascas que provocaban el deleite y fervor en los murcianos; junto a las corridas de toros también organizadas para la ocasión en la plaza del Mercado, hoy de Santo Domingo. El aroma del incienso y de hierbas aromáticas, la sombra de los toldos y las guirnaldas, incrementaban el carácter festivo en las calles. Procesión del Corpus Cristi por calle Platería. Murcia, año 1900.
D. Quijote: Mira Sancho, entramos a esta catedral por la Puerta de las Cadenas, por un arco triunfal que honra con sus relieves a los Reyes Católicos, y que sus puertas hoy, ha abierto en nuestro honor, como reconocimiento a nuestros triunfos en el arte de la caballería andante.
Sancho: Mi señor caballero, más bien yo diría, a mis pocas luces y entendederas, que estas puertas se abren para que por ellas comiencen a salir los canónigos en procesión con la custodia.
D. Quijote: Yo, ante el sepulcro del rey Sabio, en la Capilla Real, de rodillas me postraré en señal de vasallaje hasta que la procesión salga a la calle.
Urna con los restos de Alfonso X. Capilla Real . Catedral Murcia. PV
Sancho: Vuesa merced, vaya a postrarse y a rezar a lo divino, que yo de lo humano me encargaré y algo de sustento buscaré. Que el arte de merodear a mí se me da bien.
Narrador: Caminando por la girola de la Capilla Real, Sancho la vista levanta admirado por la belleza y altura del gótico flamígero de la Capilla de los Vélez ; aunque, todo sea dicho, también por el gran cepillo que continuamente recogía las monedas que los generosos murcianos como donativo ofrecían.
Allí en un banco de piedra, observando, se sentó. Entre el humo del incienso y su mal dormir en el convento la noche anterior, Sancho entró en letargo y tuvo una ensoñación:
Que un esqueleto predicante asomado en el púlpito de la capilla decía con voz tenebrosa:
“Es importante la riqueza del alma y del cuerpo. En tierras de Eliocroca se encuentran alforjas, que de oro llenarán los cristianos viejos, al echar a los moriscos y granaínos del lugar.”
Sancho: ¿Alforjas de oro he oído?
A Eliocroca (actual Lorca) andaremos, que yo bien merezco algo de riqueza tras tantas penurias vividas por los caminos. Que como se dice, “un asno cargado de oro sube ligero por una montaña.”
A mi señor hidalgo caballero, al que sólo el honor, amor y justicia importan; urdiré con engaño una treta y le convenceré.
(Sancho regresa a la Capilla Mayor o Real de la Catedral junto a su señor D. Quijote)
D. Quijote: Sancho, aquí postrado me hallo, tras mi oración. Ayúdame a levantarme que esta armadura oxidada por el tiempo, me impide hacerlo sólo.
Sancho: ¡Mi señor, salga raudo de aquí!, que en sueños el espíritu de su amada Dulcinea, vuesa presencia reclama en el castillo de Lorca, donde en un torreón sufre encerrada Mari Huertas, una dama cristiana que llora desconsolada esperando desfacer el entuerto del morisco, que la tiene secuestrada.
D. Quijote: Allí marchamos, Sancho Pencho. Que el amor no tiene fronteras, ni conoce distancias; y con el pañuelo de seda que, de la Virgen del Arrixaca bendito me llevo, el deseo de mi amada Dulcinea cumpliremos.