Un cuento breve para soñar

Esta es la historia de un niño curioso, un poco hiperactivo, con un sueño que aunque casi nadie comprendía, por no ser como el que tienen la mayoría de niños y niñas, era el suyo, lo persiguió y fue el “sueño de su vida”.

Pepe era un niño muy activo desde que nació, incluso nació antes de lo que estaba previsto sorprendiendo así a su propia familia. Nació en la ciudad de Murcia, en el hospital Virgen de la Arrixaca que está en el pueblecito de El Palmar. Pepe, con la ayuda de su hermano mayor Leo, que le leía cuentos y jugaba mucho con él, comenzó a desarrollar una gran fantasía y creatividad.

Pasó el tiempo y Pepe continuó siendo un niño muy activo y curioso por experimentar y aprender; se apuntaba a todas las actividades en el cole, hacía deporte, música, …; le encantaba disfrazarse y bailar en el carnaval con  sus padres, jugaba a coches con su hermano Leo, leían juntos antes de dormir y escuchaba las historias que le contaba su bisabuelo Ginés, que era de Pliego y había sido maestro en la escuela de Aledo.

Un día en el cole, la «seño» María del Val preguntó a los alumnos sobre lo que les gustaría hacer cuando fueran mayores. Pepe casi sin dejar terminar a la seño María, con la rapidez que le caracterizaba, exclamó:

– ¡Astronauta! Yo, astronauta, seño. A Pepito siempre le llamaba la atención mirar el cielo.


-Claro, Pepito, ¡qué interesante! – dijo la seño María- para así conocer ¡el universo y más allá!, descubrir nuevos planetas y galaxias.
– ¡Claro que no, seño María Del Val! Quiero ir con mi nave espacial a recoger y atrapar nubes.
– ¡Formidable, Pepe! Y así, con el agua de tus nubes solucionar el problema de la sequía en nuestra Región de Murcia, de la desertización en pueblos como Abanilla, Mula o Campos del Río y el cambio climático que está afectando a las aves, a los flamencos de las salinas de San Pedro del Pinatar, o los árboles de Sierra Espuña que se ven desde Alhama o Totana.

– ¡Claro que no, señorita María! Sólo deseo atraparlas tocarlas, acariciarlas, ver sus diferentes colores y disfrutar de sus formas tan diferentes.
– ¡Ah, Pepito! ahora entiendo,  que siempre estés “en las nubes” durante la clase – susurró la seño con gran paciencia.

Llegaron las vacaciones, a Pepe le encantaba salir de excursión por el monte de Jumilla y de La Alberca con su hermano Leo y sus padres.
Mientras los demás se fijaban en los pinos, en las plantas de tomillo, en las escarpadas rocas de la Cresta del Gallo, Pepe miraba hacia arriba buscando nubes.  Nubes alargadas, redondas, pequeñitas, blanquecinas, …
Él las miraba y soñaba despierto en cómo las podría coger, tenerlas al alcance su mano para observarlas de cerca, … aunque al parecer lo iba a poder conseguir.

En verano, Pepito fue a la playa de La Manga, en San Javier, con su familia. Allí pasaba todo el día jugando en la arena, bañándose, haciendo castillos junto al mar con Leito o jugando a las palas. Aunque lo que más le gustaba era salir del mar, rebozarse con la arena calentica, como si fuera una croqueta, y mirar al cielo.

Allí las nubes eran impresionantes, cambiaban fácilmente de color, las miraba  moverse extasiado, le parecía que estaban vivas, se movían en la misma dirección, se unían, se separaban, jugaban al escondite con el sol, …, pero él seguía sin poder tenerlas.

Transcurrían los días veraniegos y Pepe pasaba cada vez más tiempo mirando las nubes y soñando con ver pintarlas de color anaranjado, como las veía al anochecer, o grisáceas cuando amenazaban tormenta, o de blanco, como si fueran ovejitas. Soñaba y soñaba, imaginaba e imaginaba.

Pensó hacerse unas alas para volar como las gaviotas y así acariciarlas y estar junto a ellas. Pero Leo, su hermano mayor, le dijo que eso no sería posible, ya que un personaje de la antigüedad llamado Ícaro, no lo logró.

Pasaban los días y Pepe cada vez estaba más «en las nubes», como diría su «seño» María del Val.

Una mañana Leo y Pepe comenzaron a jugar en la arena; su objetivo era, junto a la construcción de un castillo, hacer un gran lago. Cuando ya lo tenían casi terminado, el cielo se oscureció rápidamente, se nubló.

Pepe se tumbó sobre la arena de la playa absorto, mirando el espectáculo que en el cielo se estaba produciendo con las nubes que parecía que llegasen de Cabo de Palos. Los relámpagos iluminaban la playa, las gotas de lluvia empezaron a precipitarse y Leo corrió junto a su familia.

Pepe, que no escuchaba la voz de sus padres que protegidos bajo la sombrilla de la playa no paraban de llamarle; continuaba tumbado sobre la arena mirando al cielo.

De pronto, las oscuras nubes se abrieron, un rayo de sol las atravesó y clareó dejando de llover. El cielo ahora parecía un gran cuadro de colores, tonalidades y formas espectaculares; como si fuese pintado por Van Gogh y Picasso; le recordaban los cielos que pintaba Dalí.

Leito, su hermano mayor, se acercó y con tono de preocupación le dijo:
– Pepe, levántate, porfi. ¿Es que no nos escuchabas? Estábamos preocupados por ti, sobre todo los abuelos que han venido de Cehegín a vernos.


Se incorporó y vio que, sobre la arena, el castillo se había deshecho con la lluvia y a su lado se había formado un charco.
Miró el charco y dentro encontró … ¡un montón de nubes y colores reflejados!

-Mira, Leo, ¡lo conseguí! -exclamó sorprendido Pepe- ¡Aquí, en el charco, tengo atrapadas las nubes del cielo!


– ¡Es verdad, Pepe! Lo has conseguido. ¡Qué pena que no las podamos llevar a casa…!
– Sí, pero voy a hacerles una foto para llevárnoslas.
– Tú no «atrancas» nunca Pepe.

– ¿Y sabes cuál es ahora mi sueño, Leo?
– Cuenta, cuenta …, Pepe.
– ¡Vamos a hacer una granja de nubes! Pero no se lo digas a nadie.

Al tiempo, Pepe reunió muchas nubes en su habitación. Claro que la única manera de tenerlas era ponerlas en un gran álbum de fotos, con las imágenes que él hacía a todas las nubes que le gustaban. Además, le ponía nombre a cada una: la nube blanca, la nube gris enfadada, las nubes naranjas del atardecer ,…

Pasaron los años, Pepe creció, estudió en la universidad de Cartagena, siguió soñando con las nubes, pero no se hizo astronauta.

Pepe ahora es meteorólogo y trabaja en el Centro Meteorológico que está en Guadalupe, pasa el día observando nubes, estudiando sus movimientos, imaginando su evolución, trayectorias y cómo afectan al tiempo atmosférico. Y está muy atento por si tiene que avisar de que se acerca una tormenta por Moratalla, o si puede granizar en Yecla, o llover mucho en el valle de Ricote o por Lorca, y también si se pueden inundar las ramblas de Puerto Lumbreras y la de Los Alcázares.


Y aunque no lo sabe nadie, excepto su hermano Leo, Pepe sigue intentando conseguir su sueño: crear una «granja de nubes».


Así es como Pepe, aunque se hizo mayor, siguió soñando, soñando, soñando, …, y «en las nubes».